La experiencia del Dr. José María Moyano Walker en el abordaje del TDAH y los procesos atencionales le ha permitido observar de cerca cómo la mente construye tensión, evasión, hiperfoco y conflicto.
En la ficción, esos procesos no se explican, se narran. Sería como examinar la mente contemporánea desde la ficción, con la precisión de quien conoce sus mecanismos. La mente se instala como escena del crimen.
Se dice que la cultura puede constituir un acto terapéutico. La música, el arte, la literatura sin ninguna duda colaboran con la salud mental.
La historia de la locura no es solo la historia de una enfermedad, sino la historia de una mirada. Cada época ha definido qué es la razón y, por contraste, qué queda fuera de ella. Así, la locura ha sido experiencia sagrada, desorden moral, pecado, crimen, degeneración, patología y, más recientemente, diversidad o sufrimiento psíquico. Cambian los nombres; persiste el enigma.
En el mundo griego, la locura podía ser una forma de inspiración divina. En los diálogos de Platón, la manía no era necesariamente degradación, sino acceso a una verdad superior: la del poeta, el amante o el profeta. La tragedia mostraba héroes arrebatados por fuerzas que excedían su voluntad.
Pero junto a esta lectura mística surgió una explicación naturalista. Hipócrates postuló que los trastornos mentales no eran castigos divinos, sino desequilibrios de los humores corporales. La melancolía, por ejemplo, se asociaba al exceso de bilis negra. Así nació una tensión que atraviesa toda la historia: ¿la locura pertenece al orden del espíritu o al del cuerpo?
En la Europa medieval, la interpretación religiosa ganó terreno. La locura podía ser vista como posesión demoníaca o prueba espiritual. El exorcismo y la penitencia eran respuestas habituales. Sin embargo, también existían espacios de cuidado, como ciertos hospitales monásticos.
Hacia el final de la Edad Media y comienzos de la modernidad surgieron instituciones destinadas a encerrar a quienes perturbaban el orden social. El Hospital de Bethlem en Londres —popularmente “Bedlam”— simboliza ese pasaje: la locura comienza a ser confinada, exhibida y controlada.
En Historia de la locura en la época clásica, Michel Foucault describió el “gran encierro” de los siglos XVII y XVIII: pobres, vagabundos y “alienados” fueron recluidos en instituciones que mezclaban asistencia y disciplina. La locura dejó de ser diálogo con lo trascendente para convertirse en desvío respecto de la norma.
Con Philippe Pinel y otros reformadores surgió una mirada médica más humanitaria. En el siglo XIX nació la psiquiatría como especialidad. La locura pasó a clasificarse, describirse y diagnosticarse. Más tarde, el psicoanálisis de Sigmund Freud introdujo una revolución: el síntoma no era solo déficit o degeneración, sino mensaje cifrado del inconsciente.
El siglo XX combinó avances farmacológicos, desarrollos psicoterapéuticos y también prácticas oscuras (internaciones prolongadas, electroshock sin anestesia, lobotomías). Con el movimiento antipsiquiátrico y la reforma en salud mental, la internación manicomial comenzó a cuestionarse.
Hoy la locura —o lo que denominamos trastornos mentales— se debate entre modelos biológicos, psicológicos y sociales. Los manuales diagnósticos buscan objetividad, pero las categorías siguen reflejando valores culturales. La pregunta ya no es solo qué es la locura, sino cómo acompañar el sufrimiento sin reducir al sujeto a un rótulo.
La historia de la locura muestra que no existe una definición atemporal del desvarío. Cada época proyecta en él sus miedos, sus límites y sus ideales de normalidad. Quizá la verdadera constante no sea la enfermedad, sino la tensión entre razón y alteridad.
Pensar la locura históricamente no la disuelve, pero la humaniza. Nos recuerda que detrás de cada diagnóstico hay una biografía y que, en cierto sentido, la frontera entre cordura y desvarío nunca ha sido completamente estable.
José Moyano Walker es autor de narrativa breve urbana con impronta noir. Su ficción explora zonas de tensión psicológica donde el conflicto no siempre es visible, pero transforma silenciosamente los vínculos.
Paralelamente, desarrolla una sólida trayectoria en el campo de la salud mental, con especialización en TDAH y procesos de regulación atencional. Esa experiencia clínica atraviesa su mirada narrativa: sus personajes habitan estados de inquietud, impulsividad contenida, hiperfoco emocional o desconexión, en escenarios urbanos reconocibles.
Su obra articula literatura y comprensión psicológica sin didactismo: el conocimiento científico no explica a los personajes, pero ilumina sus contradicciones.
En sus libros, la ciudad es territorio de fricción ética y emocional. La tensión no estalla: se instala.
Publicó Yo sé que vos sabés, Escrito en el viento y El salmón.
La relación entre la actividad artística y la salud mental es tan estrecha como inseparable. No es posible concebir y menos aún crear arte sin la intervención creativa de nuestra psiquis.